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Suicidio masculino en Chile: ¿qué brechas existen en la atención de salud mental para los hombres?

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El bienestar psicológico se ha instalado como una de las principales prioridades de salud pública a nivel mundial, y el Día Mundial para la Prevención del Suicidio —conmemorado cada 10 de septiembre— es una de las instancias más relevantes para relevar esta discusión. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cada año se registran cerca de 700.000 muertes por suicidio en el mundo, lo que equivale aproximadamente a una de cada 100 muertes totales y convierte a esta causa en la tercera de fallecimiento entre los jóvenes de 15 a 29 años. Desde 2024, la propia OMS impulsa a nivel global el lema “cambiar la narrativa sobre el suicidio”, que busca transitar desde una cultura de silencio y estigmatización hacia una de comprensión, apoyo y acción preventiva.

En Chile, el panorama sigue la misma tendencia. Un 10,7% de la población declara haber tenido ideación suicida en algún momento de su vida y un 3,9% ha realizado al menos un intento, mientras que la depresión —uno de los trastornos de salud mental más frecuentes del país— afecta anualmente a cerca del 13% de la población adulta, según el Termómetro de la Salud Mental ACHS-UC.

El Ministerio de Salud (MINSAL) y organismos como la Organización Panamericana de la Salud (OPS) coinciden en que la prevención no puede limitarse a la atención de crisis puntuales, sino que exige fortalecer de manera sostenida los factores protectores del bienestar psicológico: redes de apoyo social, entornos laborales saludables, acceso oportuno a la salud mental y una cultura que reduzca el estigma frente a pedir ayuda.

La evidencia respalda la urgencia de actuar de forma temprana: el riesgo de suicidio en personas con trastornos de salud mental no tratados puede llegar a ser hasta 8 veces mayor, lo que confirma que buena parte de estas muertes son, en principio, prevenibles cuando existen los soportes adecuados en el momento oportuno. Comprender el bienestar psicológico de manera integral exige, además, observar cómo estos riesgos se distribuyen de forma distinta según variables como la edad, el territorio y el género.

El suicidio masculino en Chile: masculinidad hegemónica y barreras de género

Una de las brechas más marcadas —y menos visibilizadas— es la que existe entre hombres y mujeres. Si bien la prevalencia clínica de depresión e ideación suicida es cerca de dos veces mayor en las mujeres, quienes además son más propensas a manifestar estos síntomas en encuestas, las muertes por suicidio consumado muestran una realidad drásticamente opuesta: en Chile se registran más de 1.800 suicidios consumados al año, de los cuales un 83% corresponde a varones, una relación histórica de cerca de 4 hombres por cada mujer (15.290 decesos masculinos frente a 2.398 femeninos entre 2010 y 2019).

Esta disparidad se cruza, a su vez, con una brecha en el acceso a la atención: del total de personas diagnosticadas con depresión en la atención primaria chilena en 2018, un 83,8% fueron mujeres y solo un 16,2% hombres, lo que evidencia que ellos consultan en una proporción baja y, muchas veces, tardía.

Esta brecha es, precisamente, uno de los ejes de la investigación que Francisco Aguayo desarrolla actualmente, y que profundiza en cómo la construcción de la masculinidad hegemónica incide en el suicidio masculino. Las normas culturales tradicionales imponen a los varones mandatos rígidos como ser proveedores, fuertes, autosuficientes, invulnerables, racionales y mantener un estricto control emocional (“los hombres no lloran”).

Cuando los hombres se ven incapacitados de cumplir con estos ideales debido a crisis biográficas como el desempleo o el estrés financiero —el cual multiplica por 4,3 el riesgo de depresión— o la ruptura y separación de pareja —donde los hombres separados o divorciados presentan tasas de suicidio significativamente mayores—, experimentan un profundo sentimiento de fracaso, pérdida de identidad o una “masculinidad defectuosa”. Este malestar suele manifestarse a través de síntomas atípicos o una “depresión enmascarada”, caracterizada por conductas externalizantes como la irritabilidad, la rabia, el abuso de alcohol o drogas, y el refugio excesivo en el trabajo, en lugar de la tristeza tradicional, lo que dificulta que ellos mismos o su entorno identifiquen el riesgo suicida.

Por otra parte, la búsqueda de ayuda profesional en salud mental es ampliamente percibida por los hombres como una muestra de debilidad o pérdida de control, lo que genera una barrera individual y social alimentada por el miedo al ridículo o a la pérdida del empleo, llevándolos a consultar solo cuando están en su límite. Para revertir este escenario, los especialistas subrayan la necesidad urgente de diseñar servicios y campañas de prevención con un enfoque pertinente de masculinidades, que sean sensibles a la cultura masculina. Esto implica redefinir la búsqueda de ayuda como un comportamiento de responsabilidad y fortaleza, capacitar al personal de salud para identificar síntomas atípicos, y generar dispositivos de escucha y acompañamiento comunitario que ofrezcan espacios seguros para los hombres en crisis.