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Salud mental durante una emergencia: primeros auxilios psicológicos en los desastres naturales

El temporal de lluvias, viento y nieve que afecta a Chile desde el 15 de julio ha desencadenado una emergencia de gran magnitud en el país, golpeando especialmente a las regiones de Coquimbo y Atacama. Según el último balance entregado el Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (Senapred), hasta el 21 de julio se contabilizan 13 personas fallecidas y 4 desaparecidas, además de más de 60 mil personas aisladas por cortes de rutas, cerca de 2.800 viviendas destruidas o con daños estructurales y alrededor de 2.200 damnificados.

En este contexto, el impacto no se limita a las consecuencias físicas y materiales, ya que las emergencias de esta magnitud generan un profundo sufrimiento psicológico en la población. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), casi todas las personas expuestas a situaciones de desastre experimentan reacciones emocionales como ansiedad, tristeza, insomnio, irritabilidad o sensación de desamparo. Aunque muchas de estas respuestas son normales y transitorias, se estima que hasta un 22% de quienes viven conflictos o catástrofes desarrolla trastornos mentales como depresión, ansiedad o trastorno de estrés postraumático (TEPT). En particular, niños, adultos mayores y personas con condiciones preexistentes de salud mental enfrentan mayores riesgos y requieren atención especializada oportuna.

Las emergencias también pueden colapsar los servicios de salud mental, afectando el acceso a medicamentos, personal capacitado y redes de apoyo comunitario. Esto agrava la vulnerabilidad de quienes ya padecían trastornos antes del desastre, ya que la interrupción de tratamientos puede derivar en recaídas o complicaciones severas. Además, factores como la separación familiar, la inseguridad habitacional, el hacinamiento en albergues y la falta de información clara sobre asistencia básica incrementan el estrés colectivo y dificultan la recuperación emocional.

Frente a esta realidad, organismos internacionales como la OMS y la Federación Europea de Asociaciones de Psicólogos (EFPA) subrayan la necesidad de integrar desde el inicio la salud mental en la respuesta humanitaria. Las directrices recomiendan implementar primeros auxilios psicológicos —una intervención accesible incluso por miembros de la comunidad—, fortalecer el apoyo social, garantizar la continuidad de tratamientos para trastornos graves y capacitar a equipos de primera línea en enfoques basados en evidencia. La experiencia internacional muestra que emergencias como estas, si bien son traumáticas, pueden convertirse en oportunidades para construir sistemas de salud mental más resilientes, comunitarios e inclusivos.

La atención psicológica inmediata en contextos de emergencia no requiere necesariamente la intervención de especialistas. Los primeros auxilios psicológicos pueden ser brindados por cualquier miembro de la comunidad capacitado para escuchar con empatía, ofrecer apoyo práctico y conectar a las personas con redes de contención. Estas acciones simples, como asegurar agua, alimento y contacto con familiares, validar emociones sin juzgar ni minimizar, y orientar hacia fuentes confiables de información, son fundamentales para prevenir el deterioro emocional y fomentar la resiliencia colectiva. En zonas rurales o incomunicadas, como muchas de las localidades aisladas en Coquimbo y Atacama, este rol comunitario se vuelve aún más crítico.

Además, ciertos grupos requieren atención prioritaria. Niños, adultos mayores, personas con trastornos mentales preexistentes y quienes han perdido a seres queridos o sus hogares enfrentan un riesgo elevado de desarrollar complicaciones psicológicas duraderas. En el caso de los niños menores de cinco años, por ejemplo, el trauma puede manifestarse en regresiones conductuales, alteraciones del sueño o apego extremo, y su recuperación depende en gran medida del entorno protector que se logre reconstruir a su alrededor. Por ello, las estrategias de respuesta deben incluir espacios seguros, rutinas estables y acompañamiento continuo, tanto en albergues como en escuelas temporales, para mitigar el impacto a largo plazo en su desarrollo emocional y cognitivo.