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Boca-River: Al lado del camino

Por: Juan Manuel Astorga S.

No hay justificación alguna para la estupidez humana. No al menos para el primitivo comportamiento violentista de los hinchas que ayer pusieron en vilo no sólo la final de la Copa Libertadores, sino que la vida de varios futbolistas. En cambio, sí se pueden encontrar algunas explicaciones del desaguisado de seguridad que les hizo fácil la tarea a los iracundos que atacaron al lado del camino al bus de Boca juniors.

Desde el 2016, la policía de la ciudad de Buenos Aires quedó a cargo del protocolo de seguridad que se implementa para este tipo de partidos. Hasta ese año, el procedimiento lo encabezaba la Policía Federal, que tiene más recursos y experiencia en el tema. El por qué del cambio ha sido largamente debatido en Argentina, pero en síntesis, se justificó por razones económicas y políticas: la policía local la comanda el jefe del gobierno de la ciudad, mientras que a la federal la dirige el gobierno nacional. El presidente Mauricio Macri, que antes fue jefe del gobierno de Buenos Aires, siempre fue un defensor del cambio. Hoy, se imaginarán, todas las críticas recaen en él.

 

QUÉ PASÓ

La cosa va como sigue: hasta el 2016 se seguía siempre un mismo protocolo. El bus que lleva al plantel visitante siempre arribaba dos horas antes del horario del comienzo del partido. Cuando Boca juega en el Monumental de River, suele quedarse en el Hotel Madero. El bus va escoltado por seis motos por delante, ocho a los costados y cuatro en la parte posterior. Todas llevan dos oficiales, un conductor y otro con gases lacrimógenos, para dispersar algún ataque. El recorrido siempre es el mismo. Con al menos dos kilómetros de distancia, patrulleros que acompañan al bus y a los motoristas avisan a sus compañeros de infantería apostados más adelante, sobre su trayecto, para que ellos hagan su pega. ¿Cuál es? despejar al público de las calles. Se les ubica en la vereda con un policía cada cinco metros, mas vallas papales, lo que le permite a la caravana transitar con una distancia de unos 50 metros de los hinchas rivales.

Antes de doblar en la esquina de una calle llamada Lidoro Quinteros, que los lleva por una diagonal directo al estadio, el bus disminuye su velocidad. Para partidos de alta convocatoria, se calculan unos 7 minutos para que los policías puedan retirar a los hinchas de la calle. ¿Qué pasó ayer? Que la policía local, que nunca había organizado un partido de tamaña convocatoria, utilizó el mismo tiempo para dar el aviso, cuando era obvio que la cantidad de gente que asistiría al partido sería mucho mayor y llegaría con antelación. Simplemente no tuvieron tiempo para el despeje. Aquí el video que lo demuestra.

 

EL CAOS

De ahí en más, vino el caos: Los hinchas llegaron hasta el borde del bus, lo atacaron con todo lo que tenían o encontraron, rompiendo ventanas y lesionando a varios jugadores, al menos uno de los cuales debió recibir atención hospitalaria. Mientras los primates hacían de las suyas, los policías no hacían nada. O todo, que es peor. Se descontrolaron y disparaon sus gases lacrimógenos en todas direcciones, afectando de paso a hinchas que no estaba agrediendo al bus y que en cambio caminaban tranquilos rumbo al estadio. Para colmo, el gas terminó entrando a la máquina porque muchas ventanas estaban rotas y, como mala comedia argentina, los efectos de las bombas empezaron a ahogar a los jugadores.

Macri, un reconocido hincha de Boca, no ha tenido tiempo para reaccionar frente al peor de los escándalos de violencia del fútbol trasandino en años: está en su casa de descanso en Chapadmalal, en Mar del Plata. En cambio, el 2 de noviembre pasado, escribió en twitter que “Lo que vamos a vivir los argentinos en unas semanas es una final histórica. También una oportunidad de demostrar madurez y que estamos cambiando, que se puede jugar en paz. Le pedí a la Ministra de Seguridad que trabaje con la Ciudad para que el público visitante pueda ir”.

Su ausencia mediática por estas horas –totalmente comprensible para quien quiere cuidar su imagen cuando no goza de popularidad (34% al 38,5% según tres distintas encuestas)- le regala los argumentos perfectos a sus críticos. Diego Armando Maradona vuelve a subirse sin descaro en el púlpito de la moralidad y lo culpó directamente al decir anoche que “éste es el cambio que votó la gente”.

De los pocos que han hablado hasta ahora, destaca Marcelo D’Alessandro, secretario de Seguridad de la Ciudad y sólo para reconocer que “hay una falla en el ingreso del micro de Boca. Hay detenidos y se está investigando por qué se falló en ese anillo de seguridad y las consecuencias ligadas a la barra”.

Tampoco ha dicho nada la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, a quién Macri le había pedido a comienzos de mes que trabaje con la Ciudad para que el público visitante pueda ir a los partidos de idea y vuelta de la final de la Copa Libertadores.

 

UN DILEMA MAYOR

Este escándalo viene a revelar adicionalmente un problema potencialmente más delicado todavía. El partido de ayer (reagendado inicialmente para hoy a las 17 hrs.) debía jugarse a menos de una semana del inicio, también en Argentina, de la Cumbre del G20. Buenos Aires debe recibir y dar garantías de seguridad a líderes mundiales de la talla de Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping, que suelen movilizar a masas que protestan en su contra por sus respectivas políticas de estado. A ellos se suman otros como Angela Merkel, Justin Trudeau y el propio Sebastián Piñera.

El 5 de noviembre, Bullrich llamó a la calma a quienes ya entonces se cuestionaban si fracasaba la seguridad en los partidos. ¿qué pasará entonces con la cumbre? Si no se la pueden con un evento deportivo, menos con asegurar a 20 líderes mundiales.

 

PURA IMPROVISACIÓN

Argentina le solicitó hace unos días a Alemania el listado de las 451 personas que la policía de ese país arrestó el año pasado durante la cumbre del G20 que tuvo lugar en Hamburgo. Sin embargo, las autoridades germanas no accedieron a la petición porque, como reza muy nítidamente en las convenciones internacionales, si esas personas no tienen orden internacional de captura, un país no puede estigmatizarlos internacionalmente. Ya le pasó algo similar a los funcionarios trasandinos el año pasado cuando varios manifestantes antiglobalización que quisieron ingresar a Buenos Aires para la cumbre de la OMC, fueron detenidos en el aeropuerto de Ezeiza. ¿Qué ocurrió después? Lo obvio: le cayeron encima a Argentina varios organismos de derechos humanos reclamando que ninguno de los detenidos en el terminal aéreo tenía una orden de captura de Interpol.

 

Segundo día de protestas en Hamburgo, Alemania, en la cumbre del G20 de 2017

Segundo día de protestas en Hamburgo, Alemania, en la cumbre del G20 de 2017

El actual gobierno está intentando emular acciones de países como Estados Unidos o Gran Bretaña, que deportan automáticamente ante la más mínima sospecha de que la persona que quiere entrar al país tiene relaciones con grupos contrarios al orden democrático. El tema es que, a diferencia de nuestro vecinos, norteamericanos y británicos tienen leyes de seguridad que les permiten la deportación. Argentina no. Por lo mismo, por ahora sólo se han concentrado en blindar como pueden las inmediaciones de los hoteles donde se hospedarán las ilustres visitas y, como mucho, realizan un reforzamiento de identificación de llamadas, para evitar pitanzas o alertas de falsas bombas. No parece muy sofisticado, ni menos, un plan de seguridad muy confiable. De ahí que por estas horas se estén poniendo en duda las declaraciones del canciller trasandino Jorge Faurie, quien dijo a propósito de la seguridad en el G20: “Estamos tranquilos porque hace un año y medio que lo estamos organizando”.

Como bien lo dice la letra de “Al Lado del Camino” de Fito Páez, “en tiempos donde nadie escucha a nadie, en tiempos donde todos contra todos, en tiempos egoístas y mezquinos”, en estos tiempos, con una evidente incapacidad policial y política y con la inexplicable violencia del ciudadano común, resulta imposible confiar en que Argentina pueda garantizar la protección de los dignatarios y sus comitivas, si no fue capaz de otorgar.

 

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