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Lunes 01/07/2019

[RESEÑA] Dolor y Gloria: brillantemente contenida

La nueva película de Pedro Almodóvar califica entre lo más introspectivo y reflexivo que ha hecho un director que suele caer en el melodrama. Es también una de las mejores películas del año.

[RESEÑA] Dolor y Gloria: brillantemente contenida

Por Matías de la Maza.

En un momento de “Dolor y Gloria”, el retirado director cinematográfico Salvador Mallo (Antonio Banderas, en el mejor papel de su carrera) le está dando un sermón al actor Alberto Crespo (Asier Etxeandia), con quien se ha reencontrado tras 30 años de odiarse mutuamente, sobre su oficio. Le reprocha que los actores suelen pensar que quien más llora actúa mejor, cuando es lo contrario: la esencia de la actuación está en el que mejor logra contener su emoción.

Es imposible no sonreírse con el hecho que esta observación esté en una película de Pedro Almodóvar, un cineasta que ha dedicado buena parte de su carrera a explorar la emoción (apasionada, compleja, macabra) humana a través del melodrama. “Contención” no es algo que se suela asociar a su estilo.

Y sin embargo, con su cinta número 21, Almodóvar, un director tan iconoclasta y característico que a estas alturas es más un concepto que un apellido, está más contenido y reflexivo que nunca. Quizás es natural para un realizador próximo a cumplir 70 años, pero “Dolor y Gloria” es una película sin máscaras, suspenso o confeti. En una carrera de más de cuatro décadas, es la película más transparentemente sobre sí mismo. También es lo mejor que ha hecho en varios años.

Mallo es un director sesentón (que hasta está peinado igual que Almodóvar) que sufre prácticamente cada dolor (físico y mental) que exista. Su deteriorado estado lo ha obligado al retiro y a buscar apáticamente el sentido de una existencia que no concibe si no es detrás de una cámara.

En lo que parece el ocaso de su vida, Mallo vive una serie de reencuentros: primero con Crespo, el protagonista de una de sus primeras películas, cuyo intento de reconciliación (forzada por una contingencia profesional) termina introduciendo al director a la heroína. Si se pensaba que una adicción tardía a una droga dura no se podía tratar de forma cómica, Almodóvar está aquí para demostrar lo contrario.

Luego está Federico (Leonardo Sbaraglia), un ex amante cuya tormentosa relación marcó el futuro del cineasta, y el recuerdo de los últimos días de su madre (Julieta Serrano), cuya muerte aún es una herida abierta en la mente del director. Las tres historias son interrumpidas por fragmentos de la niñez de Mallo, en un perdido pueblo blanco español junto a la versión joven de su madre (Penélope Cruz); fragmentos que de a poco van revelando su importancia en entender a su protagonista, sus deseos y su identidad.

Cada reencuentro podría ser suficiente para alimentar de material a una película por separado, pero es la forma en que Almodóvar balancea esas historias, personajes, conversaciones y emociones en una sola sinfonía la que transforma a “Dolor y Gloria” en una joya llena de momentos en apariencia mundanos y pequeños, pero que esconden la esencia de la existencia misma detrás de ellos: los personajes, recuerdos e historias que construyen una vida y la memoria. Las adicciones (un concepto al que la historia regresa una y otra vez) que mueven quienes somos.

Sigue siendo sin duda una película de Almodóvar: la delicadeza de planos magníficos junto a una gama de colores algo más sobria que las de sus cintas anteriores, pero igual de importantes para la narrativa, están presentes en cada escena. Pero al minuto de contar su propia historia (en algunos casos de forma literal, pero en la mayoría de forma metafórica), el español opta por esa contención a la que llama el sermón de Mallo en vez de los excesos y el drama.

Y sí, la emoción en Dolor y Gloria está contenida, pero nunca ausente: es una película cuya pasión a flor de piel está a punto de desbordarse en todo momento. Las risas son fuertes, así como los golpes de melancolía, pero todo controlado al ritmo de su director. Almodóvar, en su cinta más introspectiva y honesta, opta por la reflexión silenciosa por sobre los fuegos de artificio. Un nuevo giro en una carrera lleno de ellos, y cuyo resultado es la mejor película en lo que va del año.

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